fuerza

En lo más profundo del ser habita la persona más repudiable con la que uno pueda encontrarse. Cuando llega el momento crucial, el instante en el que te das de bruces con ella, cada lágrima que desprendes alimenta a la siguiente porque te has dado cuenta de que esa persona cruel y detestable eres tú. Esta es una reflexión que Ruben Östlund se encarga de trasmitir a la perfección a través de su obra.

Dejar que sea el espectador quien determine el grado de importancia de cada situación no es algo común en el cine occidental. Normalmente se acostumbra a colmar la pantalla con planos cerrados que trasmiten los sentimientos con mayor fuerza pero impiden que sean las impresiones del espectador las que valoren el grado sentimental que se debe otorgar a lo que sucede en la pantalla. Con Fuerza mayor, Ruben Östlund huye de lo común y lleva a cabo una realización de bastante gusto, dando importancia al papel del sujeto espectador voyeur y permitiendo que sea él mismo el evaluador del nivel dramático de cada acontecimiento.

Este tipo de realización es, cuanto menos, arriesgada. Satisfacer al espectador no es sencillo y en ocasiones, otorgarle la responsabilidad de ser el juez máximo de lo que ocurre, puede volverse en contra. El riesgo recae en el uso de planos más abiertos y duraderos de lo común. Pueden convertir un momento que pudiera resultar intenso en una situación convencional, vista desde un plano o punto de vista que, en ese caso, podría parecer interminable. Estos planos también pueden resultar mágicos y aportar una fuerza dramática que no se conseguiría de otra forma. En el caso concreto del director sueco podría afirmarse que lo consigue por momentos. Hay partes vacías, a las que les falta carga dramática y piden mayor dinamismo y otras que permiten sentirlo todo desde la piel del personaje e involucrar en el ambiente como solo Haneke sabe hacer.

Aprovechando la última mención, cabe destacar el símil de esta obra del director sueco con las dirigidas por el alemán -salvando las distancias-. Además de la abundancia de planos generales secuencia (en esta ocasión algo más cerrados de lo que acostumbra Haneke), Östlund utiliza los silencios y los cambios de sonido ambiente de una manera que “atrapa” al espectador como en los films de Haneke. Algo a destacar en la realización del director sueco es el uso de determinados “planos-deleite” que resultan una maravilla visual por la riqueza de su creatividad. El trabajo de guión, también llevado a cabo por Ruben Östlund, conforma una obra muy completa, con unos diálogos en los que nada se deja al azar y cada acto está medido para aportar a la trama el grado reflexivo que requiere. El resultado es una suma de metáforas, maquilladas con una narrativa muy rica, en la que los personajes adquieren unos roles que dan lugar a una contraposición de valores éticos.

Si bien hay que acudir a partes concretas del film para poder contemplar verdaderos momentos de esplendor, sin duda se trata de una película, la quinta del director sueco, que refleja el gran avance de su trayectoria como director.


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Ignacio Hernández Cuenca

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