Ángela Molina en "Lola" © Fígaro Films

Año 1976. Franco acaba de morir y España comienza a despertar de su largo letargo. Nuevos aires llegan a la industria cinematográfica de nuestro país y la censura emprende su declive. Y es, ese mismo año, cuando Bigas Luna debuta en el cine de la mano de Tatuaje. Con esta adaptación de las aventuras de Pepe Carvalho (de Manuel Vázquez Montalbán), el catalán llamaba la atención de los medios y conseguía meter la patita en el mundillo, pero sin todavía mostrar claros signos de maestría. Fue su segundo largo, Bilbao, el que demostró que Luna tenía estilo propio. Erotismo descarnado, una realidad perturbadora, y las primeras tetas de su carrera (el honor corresponde a Isabel Pisano). La rodó por cuatro duros y tuvo que pasar mucho tiempo hasta conseguir distribución, pero el cineasta italiano Marco Ferreri se enamoró de ella y la llevó a Cannes. Todavía no se olían los 80, pero la revolución sexual ya estaba allí. Había nacido un director a seguir.

Repitió con Angel Jové de protagonista en Caniche, un nuevo retrato crudísimo, que asfixiaba al espectador hasta la náusea. Quedaba patente que el cine de Bigas no era un juego de niños, y no todo el mundo era capaz de entrar en las agobiantes atmósferas que el cineasta presentaba en sus películas. Con la carta de presentación que componían sus tres primeros trabajos, Luna se ganó el privilegio de contar con un importante presupuesto para su cuarto film, el drama fantástico Renacer, protagonizado (ni más ni menos) que por el estadounidense Dennis Hopper. Pese al ambicioso planteamiento, la película no terminó de funcionar. Tras su participación en la teleserie Kiu y sus amigos, Luna volvió un lustro después al cine con el género que mejor se le daba. Y llegó Lola, donde explotaba el erotismo de Ángela Molina. Con esta historia de violencia y pasión en la Barcelona de los 80, el cineasta regaló a Molina un rol icónico que marcó su carrera.

Después llegó la celebradísima Angustia, que terminaría siendo una película de culto en el campo del terror cañí. Una lección magistral de metacine bien elaborado y unas turbadoras imágenes que van directas a nuestra sinapsis y crean un malestar y un desasosiego que nada tienen que envidiar a la historia que cuenta la cinta. Una de las obras culmen de la historia del cine de género en nuestro país, cuyo revisionado nunca pasará de moda. Y tras este campanazo, Bigas volvió al erotismo con Las edades de Lulú, basada en la novela de Almudena Grandes. Para ello se codeó de un reparto de lujo (que supuso el descubrimiento de uno de los actores clave de nuestra historia reciente. Francesca Neri, Óscar Ladoire, Fernando Guillén Cuervo, María Barranco y Pilar Bardem encabezaban un plantel, en el que destacaba un jovencísimo Javier Bardem.

Bardem y Penelope se conocieron en "Jamón Jamón" © LolaFilms

Tan buenas migas hicieron, que lo eligió para protagonizar su próxima cinta: Jamón Jamón, el punto más álgido de la carrera de Luna y que supuso el debut de la otra gran estrella actual de nuestra industria: Penélope Cruz. Fue su primer gran éxito en taquilla, consiguió seis nominaciones a los premios Goya, y el galardón al mejor director en el Festival de Venecia. Se había consolidado. De nuevo con Bardem llegó, envuelta en gran expectación, Huevos de oro. Y pese a ganar el premio del jurado en San Sebastián y regalarnos una de las mejores interpretaciones del actor, la cinta no acabó de convencer a crítica y público. Eso sí, Luna seguía fiel a su estilo y, de nuevo, el erotismo castizo era el gran protagonista.

Tampoco consiguió destacar La teta y la luna, una interesante propuesta que ganó el osella de oro al mejor guión en Venecia, pero cuyo irregular ritmo estropeaba una historia que podría haber sido redonda. Tampoco acabaron de funcionar ni Bámbola, ni La camarera del Titanic (que se vio eclipsada por la versión de James Cameron), sus dos siguientes películas. Tuvo que llegar Volavérunt para que el trabajo del catalán volviera a llamar la atención. Pese a sus críticas nefastas, el director regresaba a su particular estilo con un relato más que polémico. Son de mar volvió a emocionar a la prensa especializada, que ya daba por muerto el talento del director. Uno de los primeros papeles de Leonor Watling, y que la colocó en el foco de la industria.

En los últimos diez años de su carrera el cineasta solo estrenó dos películas, basadas en el mundo de la fama y, que pese a que compartían algunos nexos de unión con sus primeros trabajos, abandonaban el estilo más rudo y seco de aquellas películas, para adoptar un tono mucho más sofisticado. Ambas se resumen en la historia de una joven de barrio que consigue alcanzar la meca del cine. La primera de ellas, Yo soy la Juani, supuso todo un acierto comercial y un interesante intento de conectar con el público más joven coqueteando con la estética videoclip. Además, trajo consigo un nuevo descubrimiento ( y van…) en la filmografía de Bigas: Verónica Echegui (que ganó el Goya por su Juani). Unos años después, el director cerró la historia sustituyendo a Echegui por la mediática Elsa Pataky en la insulsa DiDi Hollywood. El resultado fue un fiasco en taquilla y una debacle a nivel cualitativo. Considerada su peor película, es realmente una pena que esta olvidable cinta cierre la filmografía de uno de los directores más importantes de la historia del cine español. Dejando de lado este agrio punto final, intentaremos recordar las mejores películas de Bigas: sus historias más obsesivas y sensuales. Sexo, violencia y chorrazos de la más cruda y triste España.

Por Jordi Tobajas


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Jordi Tobajas

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