La maldición de Hill House, los fantasmas del pasado

La televisión y las plataformas de streaming llevan años, en la que podríamos considerar una nueva edad de oro de las series, sorprendiendo a los televidentes con ficciones rompedoras, ayudándose de géneros que parecía que eran propiedad privada del séptimo arte. Pese a esa apertura temática, y tras el arrase reciente de grandes series de fantasía y ciencia ficción, el terror todavía no se veía representado al 100% en la pequeña pantalla. Ryan Murphy nos viene hablando del horror y los miedos humanos en todas su formas desde hace un tiempo a través de su antología pero sus ya reconocibles tics y su tendencia a cruzar la barrera de la parodia nos dejaban la sensación de que todavía no habíamos podido disfrutar de una gran serie de horror clásico, hasta ahora.

Basado en la novela de Shirley Jackson, considerada una de las obras de terror más importantes del siglo pasado, La Maldición de Hill House ha llegado a Netflix contando con la recomendación del gran maestro vivo del suspense, Stephen King. Un detalle importante de destacar si tenemos en cuenta que el escritor no ha dado el visto bueno a casi ninguna de las adaptaciones de sus novelas (ni siquiera a El Resplandor). Cualquiera podría pensar que la ficción pretende aprovecharse del reciente tirón de las películas de casas encantadas, con las producciones de Blumhouse y la franquicia de Expediente Warren a la cabeza. Pero esta serie es mucho más que eso.

Su sinopsis, eso sí, parece decirnos lo contrario: Una familia se muda a una nueva y misteriosa casa con la intención de remodelarla y venderla. Lo que no se esperan es que, por la noche, la terrorífica maldición que arrastra  la mansión deja libres a todos los difuntos que la habitan. El punto diferenciador de esta ficción es que el relato se divide en dos líneas temporales: la primera cuando llegaron a su nuevo hogar y los hijos eran solamente unos críos y la actual, con los hermanos ya maduros pero arrastrando los perturbadores recuerdos que la casa plantó sobre su memoria.

Es entonces cuando la serie, dirigida por Mike Flanagan (Ouija: El origen del mal), demuestra todo su potencial como drama familiar y, aunque nunca abandona los misterios ni los sustos marca de la casa, el guión comienza a arrastrarnos hacia una historia de culpa y dolor, donde los protagonistas intentan huir hacia adelante, sin mirar hacia atrás, hasta que topan de bruces contra el inexorable pasado, que nunca les ha abandonado. Cada uno de los hermanos intenta escapar de sus terroríficos recuerdos como puede (drogas, silencio, negación…) hasta que, la hermana menor, no lo consigue y se hunda con ellos. Es este hecho es el que hace que el resto de la familia tenga que reunirse para afrontar todos sus demonios.

Todo aquel que entre en Hill House por los sustos y el miedo saldrá de ella aturdido y angustiado, pero no por los fantasmas que habitan la casa, sino por las reflexiones sobre la vida y la muerte que nos plantea esta notable serie, una de las sorpresas más agradables que nos ha traído 2018.


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Jordi Tobajas

jordi@codecmag.com

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