Imagen 1 (Fotograma El orden de las cosas)

Existe un impulso en el cerebro que incita a querer más, a saber cómo sigue, a experimentar las consecuencias de los actos. Este afán aventurero es parejo a la sensación placentera que provoca la experiencia de algo fugaz… las cosas en cantidades pequeñas, se disfrutan más. Haciendo uso del amplio refranero español; aquel que dicta “Lo bueno si breve, dos veces bueno”, es aplicable a todos los campos o experiencias y, cómo no, también al cine.

El cortometraje es una pieza bastante infravalorada en el ámbito cinematográfico, que es capaz de transmitir multitud de sensaciones en apenas unos minutos. Las posibilidades que ofrece un metraje de corta duración no las da ningún otro formato audiovisual y, sin embargo debe de haber una serie de astros con alineación incorrecta que impiden otorgarle el reconocimiento que merece. El arte de producir un cortometraje no se queda lejos del que supone hacer una película, incluso a veces lo deja atrás. No se trata solo de inventar virguerías con la financiación para crear algo de menor calado. El equipo humano y el tiempo que hay detrás, supera a veces el de una pieza de mayor duración que acabará en la gran pantalla e invertirá millones en una promoción y un tratamiento que jamás recibirá ni el 99% de los cortometrajes.

Se habla en ocasiones del cortometraje como el inicio de lo que podrá llegar a ser, de la joven promesa, de los inicios de… pero no es necesario ir más allá de nuestra frontera para poder negar rotundamente esta afirmación. La genialidad de los “inicios” de Nacho Vigalondo jamás se han vuelto a ver en las obras de mayor duración que ha hecho, cuando dejó de ser una “promesa”. Sirva como ejemplo de pequeñas joyas nacionales de este género, el trabajo de los hermanos Esteban Alenda en El orden de las cosas o el mundialmente galardonado Cuerdas, de Pedro Solís. Hay cortometrajes que bien merecerían reconocimiento antes que muchas películas, sin embargo ni tienen la plataforma para llegar al público ni el espectador tiene la costumbre de consumir un cine que le evada de su realidad tan solo por unos minutos.

Resulta curioso que cuando varios cortometrajes se unen en una única pieza y se les denomina relatos, la concepción de lo que se ve en pantalla varía y tiene una aceptación mucho mayor. Sin duda, la última película de Szifrón es un regalo de muy buen gusto pero – hoy en día- el arte de hacer un cortometraje también lo es.


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Ignacio Hernández Cuenca

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