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A veces, en el cine, la ficción pende de un hilo que acaricia la frontera con lo real. Entonces, surge la magia.

El set de rodaje estaba preparado, 123 extras ataviados con esvásticas contemplaban atónitos cada rincón del decorado mientras esperaban el OK definitivo del figurinista. El inmenso despliegue técnico que se había formado para rodar la escena había atraído a muchos curiosos que querían comprobar con sus propios ojos cómo se hacía eso que llamaban cine. La expectación era máxima. Eléctricos, foquistas, actores, ayudantes, meritorios, jefes de cada departamento… todos habían puesto el máximo esfuerzo en la secuencia que se iba a rodar. Cada uno estaba en sus puestos, esperando la señal de Ernst, el director, como quién aguarda el pistoletazo de salida en una carrera. Cada segundo que pasaba convertía la espera en una eternidad.

Las miradas cómplices entre el pertiguista y Rudolph Maté auguraban un desenlace pletórico. Cámara graba, sonido graba y por fin el director pronunció la palabra acción. Tres segundos de rigor y Jack Benny hizo su aparición. Una frase que había repetido hasta la saciedad en cada ensayo dio comienzo a su retahíla de guiños y dobles sentidos que brotaban en el discurso como jaramagos en los escombros. Todo estaba saliendo a pedir de boca.

Las últimas palabras de Jack Benny conformaban un pie perfecto para la entrada en escena de la actriz. La naturalidad con la que se venía desenvolviendo la pareja, hacía olvidar por completo lo artificial que resultaba la situación. Todos los focos, grúas, personal y decorado parecían esfumarse cuando comenzaba la acción. Era el turno de Carole Lombard. Dos pasos más y todo su poderío entraría en plano. El primero ya estaba dado, únicamente una zancada más y Lombard traspasaría de nuevo, como en cada toma, la frontera entre lo real y lo ficticio. Benny era consciente de lo que suponía ese tranco y con su gran maestría, en la micra de segundo que duró la vacilación del paso definitivo, hizo acopio de sus fuerzas y espetó un último “¿te parece?” improvisado que terminara de decidir a Lombard.

No había cabida para un segundo más, el corten del director parecía inminente. Los nervios y la incertidumbre afloraban en todo el equipo que aguardaba expectante el desenlace de aquella situación y de pronto… ¡el maldito miedo escénico! Carole Lombard no pudo apenas balbucear dos palabras, dio media vuelta y marchó corriendo al camerino. Ernst gritó un “corten” cargado de rabia y la siguió con el propósito de calmar su ansiedad pero no hubo manera. Se hicieron varios intentos, todos en vano. No hubo más Carole Lombard ni María Tura.

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De nuevo la realidad supera a la ficción. Siendo así, quién sabe, se habría puesto fin a To be or not to be, que nunca habría llegado a las salas y no hubiera permitido a Jack, Alice, Pierre, Mc Hanner, Carlos, Christine y al señor del bigote de la segunda fila reír junto a sus parejas. No habría dejado boquiabiertos a otros tantos ni se habría convertido en un referente. Adiós a los gags, al toque Lubitsch, al Hi myself, al pedacito de valor utilizado para sobreponer y utilizar la cultura como un medio de crítica social… el cine no es solo cine, va más allá pero es necesario abrir los ojos.

Se esfumarían todos los films que del de Ernst Lubitsch surgieron e igual las palabras de su colega Billy Wilder (“Si el cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces, el cine ha conseguido su objetivo”) no podrían ser utilizadas porque, quién sabe, igual no las dijera y no serían un ejemplo para añadir que el cine no es más que cine tanto en cuanto se aprehenda el arte -en todas sus variantes- como un mero pasatiempo contemplativo o una efímera distracción banal.

Realmente se aprende el cine como arte cuando deja de ser simplemente cine todo lo que el arte enseña a valorar.


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Ignacio Hernández Cuenca

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