60 años sin James Dean

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La figura de James Dean es quizá una de las más curiosas de la historia del cine. Es el ejemplo perfecto del icono, el juguete bonito de prensa y estudio de cine y de una gran víctima de su propia pose.

Dean tuvo una infancia bastante trágica. Nació el 8 de febrero de 1931, con el nombre de James Byron Dean, en Marion, Indiana. Hijo de la actriz Mildred Wilson y del protésico dental Minton Dean. Siempre se sintió muy unido a su madre y pronto comenzó a evidenciar una enorme vocación hacia el trabajo que realizaba Mildred. En cambio, con su padre siempre sintió una enorme distancia, que se incrementaría con el paso de los años.  Milton muere de cáncer de ovario cuando Dean solo cuenta con 9 años de edad. Este es sin duda un mazazo para un niño que había vivido siempre bajo las faldas de su madre. Su padre, en vez de protegerlo y ayudarlo a superar tan dramática pérdida, decidió enviarlo a Indiana para que llevara de vuelta a casa el ataúd de su madre. Allí se instalaría con su tía, en la granja que ésta tenía en Farmount. Dean jamás superará la muerte de Milton. Durante los primeros meses desde su fallecimiento, su tía encontró al joven Jimmy abrazando la lápida de su madre en varias ocasiones.

“Mi madre murió cuando yo tenía nueve años. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Que lo hiciera todo yo solo?” confesó Dean en una ocasión. “Nadie ha hecho nunca nada por mí. No debo nada a nadie” declaró, haciendo mención quizás al nulo apoyo que consiguió por parte de su familia. La relación que mantuvo con su padre se asemeja a la que el personaje Jim Starks, su alter ego en Rebelde sin causa, mantenía con el suyo.

James Dean fue necesario. Llenó un hueco que, si él no hubiera existido, alguien debería haberlo llenado. Pues en tan solo 2 años de carrera cinematográfica, consiguió que su personaje calaran tan pronto entre sus contemporáneos, que muchos le seguirían años después, poniendo la semilla de una nueva forma de personificar la adolescencia. Antes de su llegada a la gran pantalla, los adolescentes eran retratados como joviales y despreocupados chicos, que llenaban las películas de humor y optimismo y eran un modelo de conducta para la audiencia más joven. Pero a partir de 1955 la cosa cambió de la mano de Dean. Sus personajes en Rebelde sin causa y Al este del edén representan una juventud rebelde, que no es el mejor ejemplo para nadie (ni lo intenta), pero que trata de amortiguar la gran angustia que siente. Dean se convirtió en el representante de una generación a la que habían prohibido expresarse.

Un joven medio borracho en la comisaría, sus padres intentar justificar sus actos. No le entienden, nadie le entiende. Él acurrucado, los mira, sus ojos lo dicen todo: “¡Me están destruyendo!”. Se trata de la primera escena de Rebelde sin causa, un filme que se convertiría en todo un grito generacional. El camino que Dean inició con Al este del Edén se reafirmó con esta película de Nicholas Ray, había nacido un rebelde. El personaje de Starks representó a toda una generación, el chico perdido al que todos temen y nadie comprende. Un rebelde con una causa, pero que nadie parece ver.

Si hay una escena que representa los valores que Dean transmitía es la de las escaleras, donde les grita a sus padres “¡Todos estamos involucrados!”. A Dean seguramente le hubiera gustado hacerle entender esto mismo a su padre. Somos como nos han hecho, viene a decir esta mítica cita de la película. Desgraciadamente Dean no tuvo el suficiente tiempo como para sincerarse con su padre.

El mismo día que Dean encontró la muerte (el 30 de septiembre de 1955), con tan solo 24 años, había desayunado con él. Quizá tuvo lugar el primer acercamiento entre ambos, nunca lo sabremos, pero Dean estaba contento. Se dirigía a una carrera de coches por la intersección de U.S. 466 y Highway 41, cuando no vio una señal rural. Donald Turnupseed, en un Ford negro, se le cruzó, saltándose la prioridad de paso que tenía Dean, y colisionó con little bastard (nombre con el que Dean apodó a su coche), destrozándolo. Dean quedó empalado con la columna de dirección y el cuello se le rompió. Murió mientras los servicios sanitarios intentaban liberarlo. El mito había nacido.

“Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” decía su alter ego Jim Stark. De la propia boca de Dean llegaron a salir las siguientes declaraciones: “En la pista aprendo sobre la gente y sobre mí mismo”, dijo una vez. Otra, cuando le preguntaron sobre los peligros de las carreras contestó, “¿Qué mejor manera de morir? Es rápido y limpio y te vas en una llamarada de gloria.” o “Hay que vivir deprisa, la muerte llega pronto”. Este tipo de declaraciones fueron citadas con asiduidad por los medios los días posteriores a la muerte de Jimmy. Hicieron crecer el mito, pero también un flaco favor a su memoria.

Era archiconocida su afición por las carreras de coches, por lo que todos los periodistas se aventuraron a apuntar que la muerte de Dean no había sido sino una consecuencia de una vida llena de excesos, vivida demasiado deprisa. Es el precio a pagar por una rebeldía. Pero nada más lejos de la realidad, Dean circulaba a una velocidad moderada (105 kilómetros por hora), con precaución y en una intersección en la que él tenía prioridad. Un golpe de mala suerte. Pese a ello, Dean jamás se quitará la etiqueta de temerario, y es dicha etiqueta la que alimenta su mito. “Murió en el momento justo- dijo de él Humphrey Bogart Si hubiera vivido, nunca hubiera logrado estar a la altura de su publicidad”. ¿Qué habría pasado si hubiera continuado con vida durante muchos más años? ¿Se habría convertido en uno de los mejores actores de la historia o habría pasado de moda?. Paul Newman lo tiene claro: “Creo que nos hubiera superado tanto a Marlon como a mí. Creo que hubiera estado entre los clásicos” declaró en una ocasión el actor.

Con una película de gran éxito en cartel, dos grandes producciones a punto de estrenarse y un reconocimiento público envidiable, Dean estaba en su mejor momento. No había sido víctima de sus excesos, ni había perecido en un acto de autodestrucción ni un mal asimilamiento de la fama. No sufrió un autosabotaje propio de sus ídolos Marlon Brando o Montgomery Clift. Al fin Dean había encontrado ese sitio que siempre había buscado y había sabido hallarle sentido a una vida que siempre le había parecido vacía. “No creo que necesitase nada ni a nadie. Salvo actuar.” declaró Elizabeth Taylor después de su muerte.

Su fallecimiento conmocionó no solo a sus fans, sino también a toda la industria. Entre sus compañeros hubo quien desaprobó la actitud de Dean, mientras que otros le defendieron y supieron ver en él a aquel chico incomprendido de Indiana. “En realidad no era un rebelde, al menos no en el sentido de que rechazase a sus padres o dijese ‘Dejadme en paz, no quiero tener nada con vosotros’ En realidad quería decir ‘Escuchadme, queredme’.” dijo de él Natalie Wood. No hay duda de que pese a su cortísima carrera, Dean consiguió con su representación del adolescente y su muerte prematura convertirse en todo un icono de la cultura pop y una de los actores más carismáticos y queridos del siglo XX.

Hoy se cumplen 60 años del adiós a James Dean. No hay mejor manera de cerrar este humilde homenaje al mito con una de sus frases más legendarias:
“Sueña como si fueras a vivir siempre, vive como si fueses a morir hoy”.


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Jordi Tobajas

jordi@codecmag.com

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